#Yanira

Eduardo se encaprichó de Yanira, una joven que comenzó a practicar la prostitución en su país. Es fácil ser altruista con una mujer dulce y guapa. Tras tener sexo y conversar de cosas banales la invitó a acompañarle en su viaje hacia España.
No aparentaban amor, más bien sentían un profundo agradecimiento. Pasaban los meses, el tiempo parecía detenerse mientras la rutina iba instalándose en sus vidas. Lo más significativo de su relación no era el sexo, fue un afecto basado en la complicidad, en la camaradería de dos antiguos conocidos.
La noche del 5 de julio Eduardo estaba a mil kilómetros del lugar donde Yanira murió.
Sobre la mesa, a su regreso, encontró una carta. No era una misiva cualquiera, Yanira le declaraba su amor, un profundo y doloroso amor que creyó no correspondido.
Eduardo, encontró su cuerpo inerte sobre el sofá junto a un frasco de narcóticos vacío.
No hizo ninguna llamada, se arrodilló frente a ella. Con un rictus de amargura besó sus labios momentos antes de abandonar aquella casa.
No regresó, Eduardo condujo su coche hacía un acantilado cercano que de niño visitaba de la mano de sus padres. Detuvo el motor, encendió un cigarrillo y salió inhalando el humo del tabaco que se le antojó exquisito.
Despacio, muy despacio, con paso corto llegó al filo del acantilado. Tiró el que sería su último cigarro, levantó sus brazos sintiéndose un ángel batiendo las alas y voló, sin miedo, con tristeza, con alivio y cayó precipitándose al vacío, con una sonrisa, pronunciando su nombre: Yanira.

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